Un mundo (cada vez más) imperfecto. Entrevista a John Le Carré

ENTREVISTAS

El maestro de las novelas de espionaje sigue bastante enojado con los derroteros que ha tomado el mundo tras los atentados del 11-S. Su respuesta ha sido en los últimos años zarandear a sus lectores, escribir "narraciones subversivas", como la emotiva historia de La canción de los misioneros, en la que retoma la hipocresía de las potencias occidentales en África que ya retratara en El jardinero fiel.

David John Moore Cornwell (Poole, Inglaterra, 1931) debió de ser un excelente espía antes de convertirse en el archifamoso autor del género bajo el seudónimo de John Le Carré. Porque es de trato muy afable, cabeza patricia y escucha con británica atención tras sus ojos casi transparentes de azulgrisáceos que son. O sea, cualquiera se lo contaría todo. Con unos audífonos tan imperceptibles que se antojan sofisticados aparatos de escucha, ha venido por vez primera a España a promocionar un libro, La canción de los misioneros (Plaza & Janés / Edicions 62, en catalán), su particular alegato contra la ¿nueva? colonización que sufre África. Las riquezas del Congo, las multinacionales y un inocente traductor mestizo, Salvo, en unas supuestas reuniones secretas de paz dibujan su nuevo escenario de espionaje.

Pregunta. Salvo es un personaje que destila virginidad. Es más puro y menos dual que sus anteriores personajes de la etapa Smiley. ¿Qué ha buscado con él?

Respuesta. Quería una figura cándida, que su inocencia reflejara un nivel más bajo de sofisticación política que en mis personajes anteriores. Es un héroe muy distinto de los clásicos míos. El lector se identifica bien con él. Para ello, una persona de buen corazón era fundamental. Hoy, en relación con el poder, estamos obligados a seguir un proceso similar al de Salvo: ¿el islam es bueno o malo?; ¿EE UU es bueno o es malo? Estamos intentando conectar con una sociedad cargada de figuras autoritarias, compleja, engañosa, y el desencanto acaba siendo un tipo de liberación.

P. En sus últimas entrevistas le retratan con rabia y enojo por la situación internacional. Salvo se mueve así. El libro parece un llamamiento a una especie de guerrilla ética individual frente al mundo.

R. Es imposible escribir ahora sin una intención política. La tradición de hablar sobre acontecimientos mundiales a través de la literatura o bien ha desaparecido o ha sido relegada a escritores de thrillers. No fue así en el XIX o el XX, con novelistas como George Orwell que atacaron el sistema. Debido a que vivimos un periodo extraordinario de autoengaño, en el que la verdad está en un lugar y la percepción pública de la verdad en otro, intento narrar historias que establezcan un puente entre ambas. Desde el 11-S sólo se dan elementos de represión antiliberal de los que es necesario hablar. En Inglaterra y EE UU, los gobiernos están robando la libertad individual. Hemos aguantado tantas malas representaciones de la verdad que nos hemos introducido en un mundo de fantasía, con informes fantásticos sobre la guerra.

P. Pero ahora que ya se ha invadido Irak quizá...

R. Es peor: ahora se nos pide, por parte de Blair, que olvidemos cómo se llegó y lo solucionemos. No debemos olvidar: es fundamental saber cómo nos metimos en esta guerra. Porque rompió todas las reglas: fue un acto de agresión sin precedentes y el público que lo apoyaba estaba engañado. No quiero ser un predicador, pero cuando intento sacar hilillos de esta madeja y desarrollar narraciones a partir de eso, quiero que sean narraciones subversivas. Quiero que el lector cierre el libro y no diga "habría deseado ser él", sino "¡Dios mío, podría haber sido él!".

P. Salvo titula su informe Yo acuso, como el artículo de Zola.

R. Sí, es un homenaje. Tengo la sensación de que cada vez hay menos intelectuales comprometidos. Nunca quise tener el estatus de gurú, pero en lo literario me siento muy solo... y responsable. Me siento superviviente de un género que ha sido colocado aparte. Es como si la burocracia literaria hubiera dictado que las cosas cotidianas son demasiado vulgares como para ser narradas. Que deberíamos buscar sólo magia, vías de escape e implicarnos lo menos posible...

P. ¿Hablamos de éticas individuales porque en el libro se refleja una sociedad podrida, tanto que parece que estemos en un punto de no retorno amoral?

R. Seguramente. Si continuamos así, nos dirigiremos al gran desastre global. El estilo de vida y la prosperidad occidentales son insostenibles. La batalla, así, es por los recursos naturales. Rusia ya ha descubierto que las armas del gas y el petróleo son más eficaces que las nucleares. El subtexto de la invasión de Irak está claro: el petróleo. China coloca 10.000 coches a la semana en las carreteras y no tiene petróleo. En los altos círculos geopolíticos de EE UU existía el enorme temor a que China cogiera el petróleo iraquí antes que ellos.

P. Es una razón clásica en la historia.

R. Sí. La comedia de hacerse viejo es ver cómo la película empieza de nuevo. El Congo es una metáfora perfecta de esto: en minerales, es quizá el país más rico del mundo. En términos humanos, de los más empobrecidos. Sólo tiene 45 kilómetros de carreteras asfaltadas y terror por doquier. En la novela, todo queda en manos de un cartel. La conferencia que Salvo debe espiar es para crear un Kivu democrático, pero en realidad se pacta quedarse con los minerales del Congo oriental, especialmente el coltan, vital para la electrónica.

P. En esa línea, ¿es el poder de Gazprom lo que permite la supervivencia internacional de Putin?

R. ¡Es que no estamos en un mundo nuevo: Rusia es una entidad en sí misma! Después de los zares blancos, llegaron los rojos y ahora tenemos los grises. Debido a la guerra contra el terrorismo tenemos un pacto por el cual el imperio ruso puede hacer lo que le dé la gana en su patio trasero. Y de ahí el espanto de Chechenia.

P. Putin actúa como en la época dorada del espionaje. Ahí está el asesinato del espía Litvinenko.

R. El caso Litvinenko es una tragicomedia: ni un solo asesinato ha dejado jamás en la historia tantas pistas. Tras la guerra de Afganistán, Rusia estaba cubierta de armas, tenían material nuclear en cada frigorífico militar. El KGB ha tenido un gran historial de conexiones con el crimen. En mi opinión, Litvinenko tenía los nombres de las personas que estaban implicadas en grandes casos de corrupción y asesinatos, y la lista de un montón de imbéciles contratados por tal o cual oligarca.

P. ¿Puede inspirarle algo?

R. No creo. Escribí La Casa Rusia tras visitar Rusia en 1988. Me equivoqué por idealista: creí que se trataba de un momento brevísimo de la historia en el que podríamos reconstruir el mundo.

P. En La canción... ha puesto ocho agradecimientos. ¿Cómo selecciona y trabaja un libro?

R. Lo del Congo empezó con la lectura de un texto excelente; su autora me puso en contacto, a su vez, con un experto en crisis internacionales. Y nos fuimos los tres para allá: entrevisté a un coronel mai-mai, fui a un club nocturno... Sólo en Bukavu vivimos dos rebeliones urbanas en cinco días. Nunca me quedo mucho tiempo en estos países: escribes mejor cuando estableces el primer contacto porque todas tus terminaciones nerviosas están a flor de piel. Suelo tomar apuntes en un cuadernillo, pero desde el punto de vista del personaje. Mis mejores obras las escribo cuando puedo llevar ya conmigo a mis personajes, como si fueran mi compañero secreto. Ellos miran y huelen. Yo, entonces, como el protagonista de El perfume, no tengo sentido del olfato.

Carles Geli

El  País, 10-1-2007

París

 

TEXTOS

 

Camino la orilla del Sena desde Notre Dame a la Torre Eiffel a primera hora de una tarde de abril. Llueve una lluvia fina, norteña, de agua fresca y ligera. El cielo brilla en grises acerados y grises humo, y juntos conforman una atmósfera “plein air” igual a las postales impresionistas que compraré más tarde en la tienda de recuerdos del Musée Orsay, a cuya puerta debo hacer cola bajo la lluvia antes de entrar. No me importa mojarme un poco. ¿Porqué habría de molestarme? Estoy en París, el Sena pasa ahí mismo, y voy a ver las pinturas que amo.

 

Al salir del museo sigo la curva del río, que se precipita buscando la arquitectura metálica y oscura de una torre improbable, dejando a mi derecha todos los puentes de una ciudad tan vieja y cargada de historia que llama Puente Nuevo a uno que fue construido en  el siglo XIV, y que tutea mediante otro a un zar ruso, al que llama Alejandro a secas.

 

En las cercanías del garabato de hierros negros que levantó Eiffel a mayor gloria propia, comienzan a proliferar rostros magrebíes, huraños y ensimismados. Aquí acaba un París y empieza otro, parece, y la aduana tal vez sea esa especie de campanario laico que se yergue por encima de los rebaños de turistas que guardan fila para escalarle las tripas.

 

De repente decido que no voy a subir ahí y que mejor tomo el “Metro” y me largo a una calleja de Montmatre, a beber un vaso de Chablis y comer un trozo de queso en una terraza cualquiera. En definitiva, decido regresar a París.

 

Joaquim Pisa,

del libro "Todos los blancos son feos (notas de viajes 1996-2006)

y otros escritos aventureros".

A propósito del sexto centenario de la muerte del escritor hispanoárabe Ben Jaldun

PERFILES

Ortega y Gasset publicó en 1934 en El Espectador un enigmático artículo bajo el título de 'Abenjaldún nos revela el secreto'. ¿Qué secreto? ¿Quién lo revela? Hablemos de Abd al Rahman ben Jaldun/Abenjaldún, que nació en Túnez capital el 27 de mayo de 1332 en el seno de una familia de origen yemení que, al inicio de la entrada de los árabes en la península Ibérica, en el año 711, se instaló en Carmona. A lo largo de cinco siglos, los Banu Jaldun ocuparon puestos importantes en la Administración de Sevilla y en el Ejército andalusí, pero cuando el abuelo de Ben Jaldun se marchó a Túnez, el padre, militar, decidió dedicarse al estudio del derecho, la literatura y la teología. Entre 1349 y 1350 cambió todo: la peste negra que asoló el Mediterráneo acabó con las vidas de su padre y de su madre. Él tenía 17 años y había estudiado todas las ramas de humanidades: el Corán y los Dichos del Profeta; lengua y literatura árabes; derecho y jurisprudencia islámica, lógica; teología y filosofía; matemáticas, astronomía, geografía e historia, griego, latín, arameo, hebreo, persa y turco. Fue nombrado secretario del Registro por el sultán de los Mariníes, Abu Inan y, recién cumplidos los 32 años, cruzó el Estrecho rumbo a Granada, donde fue recibido por el rey Muhammad V, que en 1364 le confió una misión diplomática ante la Corte de Pedro I el Cruel de Castilla, con el fin de hacer ratificar un tratado de paz. En Sevilla, el rey castellano le trató, escribió, "con extrema generosidad, mostró su satisfacción con mi presencia y me enseñó las excelencias de mis antepasados...", hasta el punto de que, un año después, le ofreció un puesto de consejero. Jaldún no sólo no aceptó la oferta, sino que abandonó Al Andalus. En 1365 fue nombrado canciller en Bugía (Argelia), pero, finalmente, cansado de la vida trashumante, se retiró de la vida pública para dedicarse al estudio de la historia. Para ello solicitó a una tribu árabe refugio en una fortaleza cercana a la actual ciudad de Frenda. Allí escribió durante cuatro años, su gran obra: Al Muqaddima (Prolegómenos), un, como dice el título, largo prólogo de más de mil páginas a una futura Historia Universal titulada Libro de las Consideraciones, que detalla especialmente la historia de los árabes, bereberes, nabateos, arameos, cananeos, asirios, persas, judíos, coptos, griegos, bizantinos y turcos. Para completar ese gigantesco trabajo, Jaldún necesitaba consultar varios archivos, por lo que decidió volver a Túnez para dedicarse a "la aburrida tarea bibliográfica". Con 50 años y con el pretexto de peregrinar a La Meca, se embarcó rumbo al Este. Tras cuarenta días de navegación, desembarcó en Alejandría. Poco después se instaló en El Cairo. Allí enseñó en la universidad religiosa de Al Azhar hasta que el nuevo regidor mameluco le nombró juez supremo de Egipto. Ben Jaldun murió en El Cairo el 17 de marzo de 1406, hace seis siglos.

 

Al Muqaddima/Prolegómenos está divido en seis capítulos dedicados a asuntos que van desde la sociedad humana al medio físico pasando por las formas de gobierno, las profesiones y modos de vida de la Humanidad. Todo ello desde el punto de vista económico y basándose en un análisis puramente materialista, "marxista" avant-la-lettre. Los Prolegómenos nos enseña, entre muchas cosas, cómo debe escribirse la historia: "En apariencia", dice, "la ciencia histórica no es sino un conjunto de narraciones que relatan los acontecimientos de las jornadas memorables y los Estados de los siglos pasados... Pero, en su verdad profunda, es un examen y una verificación, una indagación precisa de las causas y los orígenes de los seres, un conocimiento profundo del cómo y del porqué de los hechos reales". El eje fundamental en la Historia Universal, según nuestro filósofo, gira en torno a tres puntos: el nacionalismo, la solidaridad (étnica o de parentesco entre varias ramas de una gran tribu o una nación) y la economía, que en el fondo es lo esencial en la evolución de la civilización. Salvo en lo tocante a la solidaridad tribal, en el resto se adelanta claramente a los análisis de Karl Marx. "Las diferencias entre los grupos sociales dependen esencialmente de las diferencias que existen entre sus modos de vida económica", dice Ben Jaldun. El eco de esas palabras llega hasta El Capital.

 

Mahmud Sobh

publicado en Babelia.  23/12/2006

 

John H. Elliott habla de "Imperios del mundo atlántico"

ENTREVISTAS

José Andrés Rojo entrevista a John H. Elliott: "El pluralismo religioso favoreció a los ingleses en América"

BABELIA, 02/12/2006

Un perspicaz notario extremeño, convertido en colonizador y aventurero, y un antiguo corsario manco de Limehouse, en el condado inglés de Middlesex. Ochenta y siete años separan ambas expediciones, dirigidas respectivamente por Hernán Cortés y el capitán Christopher Newport, que pusieron los cimientos de los imperios de España y Gran Bretaña en el continente americano".

"En Estados Unidos la rebelión de los colonos frente a los ingleses contó con la colaboración de franceses y españoles"

"En las regiones de la América hispana la solidez del catolicismo impidió que las distintas sociedades pudieran renovarse"

Con estas palabras empieza el último libro de John H. Elliott (Reading, 1930), uno de los grandes hispanistas y profundo conocedor de la España que dominó gran parte del mundo y luego se precipitó en una larga decadencia. "La idea de comparar el desarrollo de dos grandes imperios a lo largo de tres siglos permite abordar desde una nueva óptica lo que ocurrió entonces viendo las semejanzas y las diferencias entre uno y otro en aspectos tan distintos como la conquista, la colonización, el tratamiento de las poblaciones indígenas, el tipo de sociedad, los procesos de independencia", comenta a propósito de Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América (1492-1830), que acaba de publicar Taurus. "El gran problema surge cuando se analiza el pasado con la mirada del siglo XXI. Un estudio sistemático que atienda al desarrollo paralelo de los dos grandes imperios permite comprender mejor el contexto y conocer por qué las cosas sucedieron como sucedieron".

PREGUNTA. ¿Cuál fue el elemento esencial que presidió ambas aventuras?

RESPUESTA. La religión. Pero ahí empiezan las diferencias. La expedición de Newport tiene lugar más de 80 años después que la de Cortés, y durante ese tiempo en Europa se ha consolidado la Reforma protestante. Los ingleses leen directamente la Biblia y surgen diferentes corrientes, con lo que trasladan a América un pluralismo religioso que no se da en el ámbito hispánico, donde no existe un pensamiento monolítico pero en el que se impone la Iglesia de forma rotunda. Un dato: en 1700 hay ya 20 obispos en la América hispánica; en la inglesa, al primero se lo nombra después de la independencia.

P. ¿Qué otros efectos produjo ese pluralismo religioso?

R. Gracias a la Reforma se consolidó en Europa el Parlamento inglés. Y eso tiene su traslación a América: los colonos forman muy pronto (en Virginia, en 1619, por ejemplo) asambleas representativas donde dirimir sus diferencias. Los Reyes Católicos, en cambio, no quieren exportar las Cortes al Nuevo Mundo. La conquista de México coincidió con la rebelión de los comuneros y querían evitar que las instituciones representativas se hicieran fuertes allí. Buscaron otras formas, como los cabildos municipales, que ejercieron el poder político de manera mucho más autoritaria.

P. ¿Qué importancia tuvo que el reto de colonizar América fuera en el caso español subvencionado por la monarquía y en el caso inglés por empresas particulares?

R. Era forzoso que los ingleses pudieran satisfacer las exigencias de los accionistas. De ahí la búsqueda frenética de recursos naturales, pero no encontraron ni oro ni plata. Sólo más adelante se sirvieron de las plantaciones de tabaco. La iniciativa privada existió también en el caso español: la colonización de Venezuela fue costeada por empresarios privados, pero fracasó. Lo que de verdad marca la diferencia es el intervencionismo constante de la Corona en la América española. Debía ocuparse de la explotación de las minas, de su vigilancia, del transporte. Las minas de plata de Zacatecas y Potosí generaron tal riqueza que toda la economía española giró alrededor de la plata.

P. ¿Qué momentos fueron decisivos en la historia de América durante esos tres siglos?

R. La guerra de los Siete Años (1756-1763) fue muy importante, y en ella Gran Bretaña derrotó a Francia y destruyó su imperio en América del Norte. Para que la aventura colonial no resultara tan gravosa, la metrópoli intentó que se subvencionara en la propia colonia con los impuestos. También éstos subieron en la zona española con la llegada de Carlos III al poder. Entre 1773 y 1783 se desencadenó la gran rebelión en la América inglesa. Al mismo tiempo (17801781) se produjeron las revueltas de Tupac Amaru y Nueva Granada.

P. Una triunfa y las otras fracasan, ¿por qué?

R. En Estados Unidos la rebelión de los colonos frente a Gran Bretaña cuenta con la colaboración de franceses y españoles. Las de Tupac Amaru y Nueva Granada son gestos aislados, sin apoyos de ningún tipo. La cuestión racial también es importante. En ambas revueltas el fuerte componente indigenista asusta a los criollos, que terminan por considerar un mal menor seguir dependiendo de la Corona española que hacer frente a las reivindicaciones indígenas que se les pueden ir de las manos.

P. ¿Cómo surge la necesidad en América de defender una identidad propia frente a Europa?

R. Para diferenciarse de los indios y de los esclavos, los ingleses y españoles que llegaron a las colonias querían ser ante todo más ingleses y españoles que los de las madres patrias. Con el tiempo, sin embargo, y por mucho que fuera el poder que tuvieran en América, descubrieron que los hombres de Inglaterra y España los seguían mirando por encima del hombro. No existía la paridad entre unos y otros, y eso reforzó el sentido de identidad de los americanos, y en un momento empezaron ellos mismos a llamarse así: americanos.

P. ¿Cuánto hay de verdad en la leyenda negra y cuánto en el afán de los ingleses de no mezclarse con los indios?

R. Hubo muchas atrocidades y crueldad durante la conquista de la América española, como ocurre en toda conquista por otro lado, pero también es cierto que la difusión que de los horrores hizo Bartolomé de las Casas les vino muy bien a los protestantes para sus fines políticos. Nunca se ve bien a una superpotencia, hay envidias y odios, y se subrayan las maldades que comete. En cuanto a la mezcla con los habitantes de América, no hay que olvidar que los ingleses se encontraron con poblaciones dispersas y poco densas. Aun así, buscaron el camino de la segregación: no hubo matrimonios mixtos, no hubo cohabitación. Temían que se produjera, al entrar en contacto con esos pueblos que consideraban bárbaros, una degeneración cultural. Tal vez ese afán de conservar su pureza fuera una herencia de la colonización de Irlanda, donde tampoco hubo mezcla. Los españoles, en cambio, facilitaron la integración y hubo todo tipo de matrimonios mixtos.

P. Max Weber ha asociado el desarrollo del capitalismo con el espíritu protestante, ¿fue así en América?

R. No estoy muy de acuerdo con esta teoría. En México y Perú hubo, vinculados a las minas, grandes empresarios muy emprendedores y capaces. Fue más bien la política exterior de la Corona española la que impidió que el desarrollo económico no tuviera éxito. Permitió que todo girara alrededor de la plata cuando su transporte resultaba extremadamente gravoso. Gran Bretaña, al no disponer de un recurso tan valioso, no tuvo más remedio que diversificar su economía. El pluralismo religioso favoreció a los ingleses en la medida en que impulsó la competencia y generó nuevas iniciativas. En la América hispana, la solidez del catolicismo impidió que las sociedades pudieran renovarse. La industrialización, por otro lado, más que del espíritu protestante dependió de la riqueza de las minas de carbón de Inglaterra.

P. ¿Fueron los piratas muy nocivos para la economía española?

R. No sólo influyeron sus ataques a los barcos cargados de metales preciosos, también pesó su capacidad para comerciar con todo tipo de mercaderías. Se hicieron fuertes en Jamaica y desde allí, con la connivencia de muchos gobernadores, llenaron de productos de lujo los mercados de la América española y satisficieron así a los criollos enriquecidos.

P. Empezó su libro con Cortés y Newport, que iniciaron la conquista, ¿qué opina de Washington y Bolívar, que dirigieron la lucha de la independencia?

R. Tenían en común su determinación y persistencia en medio de los desastres, su capacidad para sobrevivir y triunfar. Lo que los diferenció fue su olfato para retirarse. Washington gobernó ocho años después de conseguir la independencia y se fue a casa. Bolívar se empeñó en construir un nuevo gran país con las naciones que se liberaran de España, pero fue incapaz de impedir la fragmentación.

Crónica cubana de un tiempo feo

 

RESEÑAS

 

“Trilogía sucia de La Habana”, Pedro Juan Gutiérrez

359 pág. Editorial Anagrama-Quinteto. Barcelona 2006

 

Pedro Juan Gutiérrez es una de las escasas voces críticas con el régimen castrista que continúa residiendo en el país. Probablemente si no fuera así, si en algún momento propicio hubiera tomado el camino del exilio, haría tiempo que a Gutiérrez se le habría acabado el material con el que fabrica su obra literaria, que no es otro que su propia autobiografía de cubano metido hasta el cuello en la lucha por la supervivencia diaria.

 

La narración pormenorizada de la vida y penares de sus conciudadanos y los suyos propios es la razón de ser principal de la escritura de Gutiérrez, hasta constituir un verdadero monotema que recorre toda su obra. La suya es, por lo demás, una escritura ajena a cualquier artificio estilístico, como corresponde al naturalismo extremo con el que este escritor construye sus textos, de modo especial sus narraciones cortas. Cultivador de un fuerte tremendismo social, en ocasiones exacerbado hasta la brutalidad, Pedro Juan Gutiérrez se muestra a menudo reiterativo, en ocasiones bordeando la pesadez; en sus relatos cortos, por ejemplo, proliferan con demasiada facilidad las descripciones en las que “mierda” es más que una palabra, una categoría a la que se asocia cuanto pueda imaginar el lector más morboso.

 

Aunque maneja un buen vocabulario y sus textos se ven trabajados, Gutiérrez resulta en ocasiones algo tosco y elemental no sólo en su escritura sino sobre todo en el desarrollo del concepto que la nutre. En la obra de Pedro Juan Gutiérrez el nihilismo en el que viven sus personajes se adentra con facilidad en la pura desesperación, y en ocasiones sus comportamientos rozan la locura con demasiada alegría. Las horas y los días de sus personajes pasan entre el consumo desaforado de ron barato, cigarrillos y marihuana, y el uso compulsivo y promiscuo del sexo como único juguete gratis total.  El trazo es en ocasiones tan grueso y el gusto por el feísmo tan evidente, que aunque el conjunto no pierda veracidad si puede faltarle credibilidad ante el lector no avisado sobre la realidad cubana.

 

Si en sus novelas “El rey de la Habana” y “Nuestro GG en La Habana”, Gutiérrez ya construía la mayor parte de su discurso con esos mimbres, en los relatos cortos que integran el volumen “Trilogía sucia de La Habana” el autor renuncia a cualquier otro registro –el humor, la ironía, la crítica política- que no sea el retrato sin concesiones de un mundo sumido en la pobreza y la marginalidad, en el que no hay buenos y malos por la sencilla razón de que todos se ahogan en el mismo vómito. A todos les absuelve la miseria. Estamos a mediados de los años noventa y el hundimiento de la URSS ha abierto el llamado Período Especial en Cuba, inaugurando una etapa en la que la lucha por la vida en los barrios pobres habaneros adquiere una fiereza inusitada.

 

Ese mundo triste, perverso y en ocasiones extrañamente tierno y casi infantil, en el que a veces brota la flor rara de la solidaridad entre personas, tiene como marco único una Habana Vieja que literalmente se cae a pedazos, una ciudad que se desploma víctima del paso del tiempo y del abandono al que vive sometida. Metáfora de una sociedad aherrojada por un poder político omnímodo en pleno crepúsculo, la ciudad que aparece en “Trilogía sucia de La Habana” es la representación viva de un fracaso colectivo transmutado en una pléyade de desastres individuales. Al cabo, la frustración de todos los sueños y de todas las esperanzas pesa como una losa sobre todos y cada uno de los personajes que malviven entre los escombros de la urbe arruinada.

 

La reedición en bolsillo de esta obra, originalmente publicada por Anagrama en 1998, constituye una buena ocasión para tomar contacto con un autor que a buen seguro jamás alcanzará el Premio Nobel pero cuya aportación a la literatura cubana contemporánea resulta fundamental, al poner sin contemplaciones sobre el tapete el lado más oscuro de una sociedad en crisis total.

 

Joaquim Pisa

noviembre de 2006

Pekín

TEXTOS

Luce un sol español, pero estamos en la República Popular de China. En la plaza Tiananmen además de los consabidos rebaños de turistas extranjeros, hay una multitud de familias chinas de provincias haciéndose fotos ante los muros de la Ciudad Prohibida, sobre cuya puerta de acceso pende un enorme retrato de Mao Tse Tung.

Cuando de aquí a poco la fotografía familiar se cuelgue enmarcada en la salita de estar, el rostro imberbe y regordete del Gran Timonel se habrá colado de rondón en otra casa china. Pasarán los años y llegará un día en que el hombrecito o la princesa de la casa preguntará quién es ése señor cuya faz aparece al fondo de la foto; seguramente sus padres tendrán dificultades para explicarle quién fue Mao, porque en pocos años todo lo que quedará de él y de su obra será ese retrato clavado sobre los muros de la Ciudad Prohibida.

De momento un buen número de chinos adultos siguen guardando cola para visitar su mausoleo. Por toda la plaza hay policías de uniforme y policías de paisano que no se molestan en disimular su condición. Los guías chinos nos advierten discretamente de que no cojamos folletos ni demos conversación a los agitadores sectarios si se presenta el caso; nos explican que Falun Gong organiza aquí de vez en cuando algaradas que son duramente reprimidas.

En un lado de la plaza hay un Café Internet. Al parecer está destinado a los extranjeros, pues los chinos tienen severas limitaciones para acceder a la Red y fuertes restricciones a la navegación quienes sí pueden usarla. En este tipo de regímenes, comunicar con el exterior no está al alcance de cualquiera.

Entramos en la Ciudad Prohibida. Un río humano transita en línea recta de un espacio a otro. Patios y edificios se suceden durante horas hasta perder la cuenta de lo recorrido. Camino con el piloto automático puesto. El lujo de una arquitectura extraordinaria pero monótona acaba aturdiendo: la belleza puede agotar. Los colores rojos y dorados hablan de la magnificencia imperial, y también de la injusticia de un tiempo ido; tanta riqueza se levantó sobre las espaldas de un pueblo especialmente explotado y humillado.

Busco con la mirada los rincones que aparecen en "El último emperador", la soberbia película de Bertolucci. Entre dos murallas paralelas descubro el callejón por donde el joven Pu Yi se lanzaba a toda velocidad con la flamante bicicleta que le acababa de regalar su mentor británico, y por un momento mágico creo oír el sonido métalico de su timbre.

Sobre los bordes de los tejados a dos aguas de palacios y templos descansan filas de gárgolas que parecen escrutar el horizonte, como geniecillos vigilantes que otearan por encima de las murallas lo que ocurre en la megalópolis. Al parecer no fueron de mucha utilidad en el pasado frente a las armas europeas y norteamericanas.

A la entrada de un palacio dos enormes calderos dorados brillan al sol del mediodía mostrando grandes arañazos en sus superficies. El guía nos cuenta que cuando las potencias occidentales tomaron Pekín, al finalizar la guerra de los boxers, los soldados de la civilización cristiana rascaron con sus bayonetas la capa de oro que aún los cubre parcialmente.

Algunos turistas rozan disimuladamente la superficie de los calderos, tal vez esperando que se les quede entre los dedos algo del oro deslucido por el tiempo y la rapiña. Los valores propios de nuestra civilización son más duraderos que el Imperio del Hijo del Cielo.

 

Joaquim Pisa

texto inédito

noviembre de 2006

Testigos del horror

 

RASTROS

En coincidencia con el 60 aniversario de la liberación de los campos de concentración nazis, EL SOCIALISTA publicó una contraportada de homenaje a los hombres y mujeres que sufrieron el horror del internamiento en aquellos centros de exterminio de seres humanos. El artículo iba acompañado con la reproducción de una fotografía de bastante mala calidad que tenía el siguiente pie: "Campo de concentración de Dachau en mayo de 1945. Supervivientes miembros del PSOE". La imagen proviene del fondo de la Fundación Pablo Iglesias.

Recorté la foto y le pedí a un compañero de trabajo que se ocupa en diseño gráfico que la escaneara e intentara restaurarla lo mejor posible (gracias Armando). Una vez sensiblemente mejorada la imprimí, y ahora la tengo dentro de un pequeño marco de metacrilato con pie, sobre una balda del mueble-librería de mi biblioteca.

En la fotografía aparecen nueve hombres, seis de ellos sentados o agachados y otros tres de pie, agrupados un poco al estilo en que antes se hacían las fotos los equipos de fútbol. Los hombres de pie que hay en los extremos del grupo sostienen las puntas superiores de una bandera de unos dos metros de largo por uno de alto, en la que aparecen pintadas las siglas "PSOE" y sobre ellas el viejo anagrama del partido (el yunque sobre el cual reposan una pluma y un libro abierto). A espaldas del grupo se ven como planchas de hormigón verticales, que seguramente eran parte de una pared del recinto del campo de concentración.

Los hombres de la foto son todos de mediana edad, salvo el que según la mirada del espectador ocupa el extremo derecho, que parece bastante más joven que los demás (los compañeros de más edad seguramente debieron fallecer víctimas de privaciones y enfermedades, y los más jóvenes probablemente fueron asesinados primero). La gran mayoría de los que aparecen en la fotografía tienen aspecto campesino, y se diría que provienen de la España profunda de la época; curiosamente, son los que sostienen la bandera, el joven del extremo derecho y un hombre calvo situado en la izquierda del grupo, quienes tienen aspecto más urbano.

De los nueve supervivientes, cuatro llevan todavía completo el uniforme a rayas de los presos, y otros dos conservan los pantalones de presidiario; los demás se han vestido con ropa civil, y uno situado en el centro lleva una gorra de visera que parece de tipo militar.

En general el aspecto de los integrantes del grupo es bueno y sólo uno de ellos, sentado en la parte izquierda de la foto, parece encontrarse muy deteriorado físicamente. Posan de modo sobrio, sin afectación, y miran serenamente a la cámara, conscientes de estar viviendo un momento histórico. Su seriedad y tranquilidad remite a esas fotos antiguas en las que aparecen miembros del partido posando alrededor de una mesa de reuniones,

Para estos hombres finalizaba un calvario de nueve años –los tres de la Guerra de España, otro pasado entre el internamiento en Francia y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y los cinco de la ocupación nazi y la deportación a los campos de exterminio-, que habían puesto a prueba el temple de muchas personas y el arraigo de sus convicciones. Semejantes pruebas habían sacudido hasta lo más hondo espíritus de gentes como el científico y escritor Primo Levi, judío italiano y sobreviviente del Holocausto, quien escribió en su autobiografía que después de los campos de concentración era imposible seguir creyendo en Dios. Como él, otros muchos que sobrevivieron a la experiencia de la deportación sintieron derrumbarse sin remedio sus más íntimas creencias.

Emociona saber que allí donde los intelectuales se dejaron llevar por el nihilismo y la desesperación, un grupo de hombres sencillos, por contra, y a pesar de haber estado encerrados tras los mismos alambres y haber sido sometidos al mismo horror, reaccionó de un modo diametralmente opuesto: apenas pasó la tormenta, decididos a reafirmar en público sus convicciones, sacaron su bandera al patio y se hicieron una foto para la posteridad.

 

Joaquim Pisa

publicado en Aventura en la Tierra

2006

Un proyecto de difusión cultural sin márgenes

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